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¡ Socorro! Mi perro tiene artrosis!


La artrosis se define como una patología articular degenerativa caracterizada por un proceso de deterioro del cartílago, con reacción proliferativa del hueso subcondral e inflamación de la membrana sinovial.

El 20% de los perros de más de 1 año de edad padecen de este problema, y entre ellos el 60% tiene más de una articulación afectada. Por eso, no se considera una enfermedad estrictamente geriátrica sino que puede aparecer también en temprana edad a causa de cierta predisposición genética, sobretodo que afecta a razas de gran tamaño.

Anatómicamente, las articulaciones están formadas por cartílago, hueso subcondral, cápsula articular, ligamentos y tendones que suportan toda la estructura. Una articulación normal se caracteriza por tener una baja fricción durante el movimiento y una constante remodelación del cartílago, que es un tejido dinámico donde la formación de nuevas células y la destrucción de las mismas están en equilibrio. Cuando este equilibrio se altera, la superficie articular acaba desgastándose y las articulaciones empiezan a rozarse la una contra la otra creando un estado de inflamación constante, destrucción progresiva de la estructura anatómica (condrolisis) y como consecuencia el animal padece dolor.


En ausencia de un tratamiento específico que ayude a frenar esa condición, el proceso degenerativo se retroalimenta. Los mecanismos compensatorios por parte del organismo no son suficientes muchas veces como para devolver la articulación a su equilibrio fisiológico.

La artrosis se caracteriza al principio por episodios de breve duración; con el tiempo aparece un dolor crónico de intensidad variable. Las primeras señales por parte del animal incluyen: a nivel físico reticencia a practicar deporte o sencillamente a bajar/subir escaleras o por ejemplo dificultad al levantarse. También a nivel de carácter, podemos notar cambios, como por ejemplo pocas ganas de jugar, nerviosismo, no querer ser tocado en las zonas doloridas, etc.

Durante la fase crónica el dolor muchas veces es persistente y se manifiesta con cojera, hinchazón de la zona afectada, dolor al mover la articulación y reducción de la movilidad de la misma.

El diagnóstico precoz nos permite intervenir rápidamente y así ralentizar el proceso degenerativo.

El primer paso para diagnosticar una artrosis es una visita clínica donde el veterinario a través de una inspección/palpación mide el grado de dolor y afectación y realiza un examen de la movilidad.

La prueba radiológica, representa un examen de rutina para diagnosticar patologías articulares, como las de origen displasicas y la evolución de una artrosis. Lamentablemente, no siempre resulta ser diagnóstica dado que no evalúa el estado del cartílago ni de los tejidos blandos. El examen ecográfico es una herramienta complementaria muy útil a la hora de evaluar estructuras como tendones, ligamentos y músculos. La tomografía computarizada y la resonancia magnética ofrecen informaciones muy detalladas y específicas, no solo de estructuras óseas sino también de los tejidos blandos; la desventaja es que hay que someter a los animales a una anestesia general. En los últimos años se ha empezado a emplear la artroscopia como examen de elección, ya que puede evidenciar la zona intra-articular ya sea de forma estática o bien de forma dinámica, pudiendo simular el andar mediante flexión-extensión de la articulación.

Según cada situación, de la articulación afectada y del grado de degeneración, el veterinario ofrece soluciones médicas o quirúrgicas.

Actualmente, no existe una cura específica para la osteoartrosis pero es imprescindible actuar a diferentes niveles. Es aconsejable estimular al animal a hacer ejercicio moderado pero constante.

Los tratamientos están mirados a tratar por un lado la inflamación y por otro lado el dolor neuropático. El uso de antinflamatorios, a pesar de tener una acción antiinflamatoria y analgésica, poseen efectos colaterales en el tiempo, como provocar alteraciones en el tracto gastrointestinal, renal, en la coagulación, entre otras. Para tratamientos a largo plazo es imprescindible escoger alternativas terapéuticas. Afortunadamente, a parte de fármacos antiinflamatorios no esteroideos (AINES) se pueden utilizar otras sustancias naturales con un amplio margen de seguridad. Estamos hablando de nutracéuticos como los condroprotectores, moléculas precursoras de la matriz cartilaginosa, que contengan:

Condroitín sulfato: es el principal glucosaminoglicano del cartílago articular. Aporta el sulfato orgánico necesario para la síntesis de proteoglicanos en la matriz del cartílago hialino, aumentando su elasticidad, con mejora significativa de la motricidad.

Glucosamina clorhidrato: es un estimulador de la biosíntesis de glucosaminoglicanos del líquido sinovial. Actúa sinérgicamente con el condroitín sulfato favoreciendo la síntesis de nuevo cartílago y la capacidad amortiguado

Ácido hialurónico: es un constituyente de la matriz extracelular de numerosos tejidos a los que confiere elasticidad y turgencia al fijar gran cantidad de agua.

Colágeno tipo II: es la principal proteína estructural del cartílago y los tejidos conjuntivos, proporciona resistencia y fortaleza y favorece la síntesis de la matriz del cartílago. Un estudio del 2016 confirma la utilidad del colágeno II en pacientes humanos como soporte para controlar el dolor de rodilla.



La combinación con antioxidantes, como la vitC o vitE entre otras, es importante para reducir la lesión oxidativa acumulada como consecuencia de la inflamación.

Es imprescindible la administración de los ácidos grasos omega-3 a partir de aceite de pescado a dosis elevadas integrandolos junto a la dieta para estimular la respuesta antiinflamatoria y frenar la progresión de la osteoartrosis; hay múltiples estudios que defienden el uso de los Omega-3 en estados inflamatorios.

La cúrcuma tiene un rol importante también como antiinflamatorio, pues contiene sustancias como la cúrcumina que actúa de forma muy parecida a los AINES. Lamentablemente su absorción no es tan efectiva, siendo mucho mayor si es ingerida junta a alimentos lipidícos y a la piperina contenida en la pimienta negra.

Los mejillones verdes de Nueva Zelanda se han puesto muy de moda en los últimos años debido a sus propiedades antiinflamatorias y por tener componentes capaces de promover la salud articular, sobretodo de ácidos grasos poliinsaturados y minerales.

En los últimos tiempos, ha aumentado el uso de cannabinoides para el tratamiento del dolor y de la inflamación: estudios recientes demuestran la implicación del sistema endocannabinoide en patologías osteoartrosicas donde se muestran altos niveles de moléculas endógenas capaces de reducir la señal del dolor en el sistema nervioso central y periférico. Otras alternativas muy efectivas son la acupuntura, la terapia con láser, la ozonoterapia, la homeopatía y la fitoterapia.

A pesar de que la artrosis es una patología multifactorial, la nutrición juega un papel clave.

Uno de los factores predisponentes al desarrollo de patologías ortopédicas es el sobrepeso: el exceso de energía es una de las causas más influentes, como se ha demostrado en un estudio hecho en Labradores donde la evaluación radiográfica evidenciaba afectación articular en los perros con sobrepeso/obesidad respecto al grupo control.

Una dieta fresca biológicamente apropiada es la clave para mantener el peso ideal, reducir la masa grasa que mantiene un estado de inflamación silente y por supuesto para evitar alimentos ricos en hidratos de carbono como los cereales que propician el sobrepeso.

La medición de las necesidades kilocalorías de cada individuo es imprescindible para establecer un plan dietético personalizado, añadiendo los suplementos más adecuados en los casos donde la artrosis ya ha sido diagnosticada y como medida preventiva en cachorros de rápido crecimiento y en esas razas predispuestas al desarrollo de patologías osteo-articulares.


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